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San Pedro Esqueda Ramírez

 

 

 

“Dios me trajo y Dios sabrá”, eran palabras del párroco de San Juan de los Lagos cuando los vecinos del lugar y su propia familia le advertían que corría peligro y que podía ser localizado por las fuerzas federales.

 

Esto sucedió luego de que muchos católicos del lugar, de manera espontánea, constituyeron grupos de resistencia al recibir la noticia  de que se suspendería el culto público en todas las iglesias de México a partir del 1° de agosto de 1926.

 

Ante el riesgo de perder la vida, los sacerdotes domiciliados en San Juan de los Lagos, se diseminaron por distintos lugares. El párroco Esqueda, sin embargo, se ocultó sin salir de la población para hacerse cargo de la cura de almas de quienes requirieron sus servicios, ejerciendo celosamente su ministerio sacerdotal dentro y fuera de ese territorio.

 

A partir de entonces, llevó siempre consigo, como único tesoro, al Santísimo Sacramento. En noviembre de 1927 se refugió en Jalostotitlán; transcurridos algunos días, decidió volver a San Juan de los Lagos hospedándose en el hogar de la familia Macías, en donde junto a la cama, se había practicado una cavidad en el piso lo suficientemente grande para ocultarlo junto con los ornamentos, vasos sagrados y el archivo parroquial.

 

A los cuarenta años de edad –nació el 29 de abril de 1887- fue advertido nuevamente del peligro que corría en ese domicilio, pues se preparaba su captura; su respuesta fue la misma y en cambio, invitó a los huéspedes a orar y dirigió una meditación: Cómo prepararse para la muerte.

 

Oriundo de San Juan de los Lagos, a la mañana siguiente celebró la misa con mucho fervor; concluido el desayuno entonó a media voz unos cánticos al Sagrado Corazón de Jesús; su semblante irradiaba alegría. Avanzada la mañana, una de las hermanas del padre Esqueda llegó al refugio a advertir que en esos momentos un grupo de soldados sitiaba la finca. Apenas hubo tiempo para que el sacerdote se deslizara al escondite, el cual fue cubierto con unas tablas, disimuladas con una alfombra; pero fue finalmente descubierto y el padre fue llevado a la casa del abad de la colegiatura de Nuestra Señora de San Juan, convertida en cuartel, lo encerraron en un cuarto pequeño, oscuro e incomunicado, donde permaneció cuatro días, durante los cuales fue flagelado en repetidas ocasiones.

 

Para aumentar la aflicción del sacerdote, los soldados profanaron, en su presencia, los vasos y ornamentos sagrados. La mañana del 22 de noviembre, la tropa a cargo del coronel Santoyo, movilizada al municipio de San Miguel el Alto, llevó consigo al reo sacándolo a golpes, uno de los cuales lo hizo rodar por una escalinata hasta el suelo, fracturándose en la caída el brazo derecho.

 

Un militar, después de golpearlo, le dijo: “Ahora ya has de estar arrepentido de ser cura”; a lo que contestó dulcemente el padre Pedro: “No, ni un momento, y poco me falta para ver el cielo”.

 

Todo lo soportó callado, en silencio, manifestando tranquilidad de ánimo. Al pasar por el puente que cruza el río, a la salida del pueblo, los niños lo rodearon y el padre Esqueda insistentemente le repitió a un pequeño que caminaba junto con él: “No dejes de estudiar el catecismo, ni dejes la doctrina cristiana por nada”. Y en un pedazo de papel escribió sus últimas recomendaciones para las catequistas.

 

A la mitad del día llegaron a Teocaltitán y el coronel Santoyo dispuso que el mártir, colocado encima de la postura, fuera quemado vivo. Le ordenó subir al mezquite, pero lo impidió la fractura del brazo; muy irritado, el coronel lo colmó de injurias, desenfundó su pistola y disparó sobre él hasta provocarle la muerte. Allí mismo abandonaron el cadáver.

 

Reconocida su identidad, los vecinos de Teocaltitlán velaron el cadáver, en el salón de la escuela, y al día siguiente le dieron sepultura. En noviembre de 1938, los restos fueron colocados en San Juan de los Lagos y en 1966  removidos al presbiterio, donde se colocó una placa con esta inscripción: “Presbítero Pedro Esqueda, sacrificado el 22 de noviembre de 1927”.

 

El Santo Pedro Esqueda tuvo como primer y único destino la parroquia de San Juan Bautista, en donde se refugió luego de que en 1914 los carrancistas incautaron el Seminario de Guadalajara. Esto no impidió que recibiera la orden del presbiteriado, misma que le fue concedida el 19 de noviembre de 1916, en el oratorio del hospital de la Santísima Trinidad, en la ciudad de Guadalajara.

 

 

 

ABANDONO EN LA PROVIDENCIA

 

Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida,

Que comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis.

¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que

el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembra, ni cose-

chan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las

alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás,

¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir

un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿Por qué

preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen;

no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en

toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la

hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno,

Dios así la viste, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres

de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué

vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a

vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles;

pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de

todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas

cosas se os darán por añadidura. (Mt 6, 26-33).